martes, 9 de agosto de 2016

Salva a un niño, cuéntale un cuento.

Todo empezó cuando, ayer, tuve conocimiento de la existencia de un libro llamado “After”. Este descubrimiento colisionó con varias ideas que bullían en mi cabeza desde hacía tiempo. Y sí, colisionó, porque “After”, cuanto menos, colisiona.

El libro, escrito por Anna Todd, fue un fenómeno juvenil en 2014, y aunque puede parecer que llego tarde, creo que lo que voy a tratar es algo que flota en el ambiente en la actualidad y que, incluso, podríamos calificarlo de atemporal. El susodicho tiene el siguiente argumento (rescatado de la página de la editorial que lo publica):

“Tessa Young se enfrenta a su primer año en la universidad. Acostumbrada a una vida estable y ordenada, su mundo cambia cuando conoce a Hardin, el chico malo por excelencia, con tatuajes y de mala vida. La inocencia, el despertar a la vida, el descubrimiento del sexo… un amor infinito, dos polos opuestos hechos el uno para el otro”.

No voy a entrar en la ristra de clichés que aparecen sólo en el resumen del argumento, ni en que el malo por excelencia tenga que tener tatuajes porque parece que va en el lote, no, voy algo más allá, voy a la serie de artículos y críticas sobre el libro que he visto y leído, y que hablan de algo peligroso de verdad.



A estas alturas, quiero aclarar que no me he leído el libro ni me lo voy a leer, pero antes de que me arrojéis a los leones por hablar tan frescamente sobre algo que no he leído, creo que he analizado lo suficiente sobre él de personas que sí lo han hecho, y he visto tantos fragmentos reales del libro con su correspondiente contexto, que creo que puedo decir algo al respecto. Por lo visto, el chico malo por excelencia tiene que humillar, forzar, manipular, acosar… esto va en el lote
también. La protagonista femenina se enfrenta a situaciones en las que su “novio” la insulta una y otra vez en público y en privado, utiliza la fuerza con ella empujándola, agarrándola del brazo o arrinconándola, la obliga a que deje de relacionarse con su familia y amigos para que sólo viva por y para él, que se vista como él le diga, que pueda mirarle el teléfono y borre mensajes, que le aguante las borracheras, que la manipule para que haga cosas por él, que una vez se descubre la gran mentira de Hardin, éste se pone de rodillas y le dice que la quiere y pregunta qué puede hacer para que no esté enfadada con él porque Tessa se acaba de enterar que su “amor infinito” empezó con otro cliché más en el que el protagonista masculino se había apostado con sus amigos que iba a desvirgarla y ella cayó y ahora la excusa es que se ha enamorado de ella y... ¡JA!

Esto es hardcore ya. Y lo peor es que no creo que la autora lo haya escrito como una crítica, sino como un reflejo de su propia realidad, de algo que tiene interiorizado y normalizado. Este libro existe, y se vendió y supongo que se vende, y fue fenómeno, superventas. Y aunque la editorial aclare que es para mayores de dieciséis años (algo que ni aún así me convence), lo cierto es que en su booktrailer salen niñas. Sí, niñas de entre doce y quince años que gritan a los cuatro vientos que el libro es el mejor que han leído en sus vidas, que se identifican porque esto es lo que suele pasar normalmente en las universidades (qué diablos sabe una niña de esta edad de la vida universitaria, me pregunto), que les ha cambiado, que ahora quieren a un Hardin en sus vidas y que buscan un amor así de ideal. Esto sí que es HARDCORE.

Y claro, no falla la que dice que si estas niñas al menos acceden a la lectura aunque sea a través de libros como este, pues bienvenido sea (esto también es verídico). Pues no, oiga, me niego. Y, entonces, ¿qué deberían leer? Así llegamos a una idea a la que le vengo dando vueltas desde que me obligaron a leer La Celestina en el colegio y hacer un trabajo inmenso que acabó con la vida de un bosque entero y que creo que ni la profesora lo leyó: ¿es realmente necesario que los jóvenes lean clásicos?

Quemadme en la hoguera junto los restos de los árboles que se utilizaron para el trabajo de La Celestina, pero creo firmemente que esta no es la solución para que lean buenos libros (más adelante desarrollaré esta opinión). Que sí, ¡que viva Cervantes, Don Quijote, Sancho Panza y la madre que los parió!; y que sí, que El Lazarillo de Tormes es una maldita obra de arte y una genialidad anónima y que ¡arriba los clásicos en la lengua patria y en la extranjera! Pero si yo, lectora empedernida desde niña, no entendí esto hasta hace unos años, no pretendas que un niño, adolescente o joven que no ha tocado un libro en su vida, quiera perderse en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme.

No lo van a entender por muchas razones, tanto por lo que cuentan como por cómo lo cuentan (en un lenguaje antiguo que ni las ediciones que tratan de adaptarlo logran su propósito), no se van a identificar ni con el loco maravilloso que viaja a lomos de su corcel, ni con la alcahueta (si es que saben lo que es eso) que junta a dos enamorados, no les va a llegar porque son personajes que les quedan lejanos y a no ser que Don Quijote fuera por ahí cazando pokemons en lugar de enfrentándose a molinos, o que la Celestina utilizase conversaciones de whatsapp para arrejuntar a los enamorados, repito: no lo van a entender y por lo tanto, no les va a gustar. Es una pérdida de tiempo. En mi humilde opinión lo que debería hacerse es plantar la semilla, decirles que esos libros clásicos existen, que son importantes y por qué lo son, crear interés y esperar a que esa semilla germine en el futuro y que sean ellos mismos los que, más adelante, decidan si leerlos o no con pleno conocimiento de causa y ganas. No imponer, no obligar, porque conseguirás lo contrario seguro. Lo sé porque lo he vivido en carnes propias y ajenas.

Pero mucho menos que lean “After”, ¡por Dios bendito! No hay que ir ni a un extremo ni al otro. Entonces, una vez más, ¿qué deberían leer los niños, adolescentes y jóvenes? Así llegamos a las soluciones que prometí, y me remito al título: salva a un niño, cuéntale un cuento.

Cuento es una palabra mágica, y parece que se está perdiendo ese momento en el que se crea una atmósfera tan especial y de fantasía como cuando un padre o una madre mira a los ojos a sus hijos, y les cuenta un cuento. Crea desde la base, ayuda a tu hijo a crecer. Busca cuentos, y no hace falta que elijas la versión de La Bella Durmiente en el que la viola el príncipe mientras duerme, o en la que las hermanastras de Cenicienta se amputan los dedos para que les quepa el famoso zapatito de cristal (sé que esto puede perturbar a los niños), sino otras versiones que te hayan contado a tí, que hayan pasado de generación en generación, y si al final no te convence ninguno de los millones de cuentos e historias populares que existen en todas las culturas del mundo, pues te inventas uno, ¿por qué no? Deja que el niño se identifique con todos los personajes, que empiece a comprender de qué va el mundo, acompáñalo mientras descubre lo que está bien y lo que está mal.

Poco a poco, en caso de que les guste la lectura, los niños irán revelando sus preferencias y, entonces, tendrán dónde elegir. Y hay verdaderas joyas de la literatura infantil, mejor cuidadas incluso a veces que los libros para adultos, y no hay más que entrar en la sección de literatura infantil de algunas librerías o bibliotecas para verlo. Historias interesantes, personajes inolvidables, ilustraciones grandiosas... Más adelante, y sé que es barrer para casa, el niño podrá iniciarse en sagas como las de Harry Potter, o Narnia, o leer libros de géneros que le interesen o de autoras como Laura Gallego, una escritora española que para mí nunca falla y que lleva años escribiendo libros para niños de todas las edades, desde los más pequeños a los adolescentes y jóvenes, y que ha tocado todos los palos, aunque su especialidad es la fantasía. Para mí, Laura Gallego es un must, que escribe sobre mundos en los que te sumerges y de los que no quieres emerger.

Aún recuerdo el gran acierto de una profesora de literatura en mis años de instituto que eligió un libro llamado “Nunca seré tu héroe” y que consiguió que, hasta los más energúmenos de clase, se sentaran durante una hora y que incluso leyeran en voz alta y entrecortada cuando les tocaba el turno, y que comentáramos cuando ya habíamos cerrado sus páginas y lo habíamos metido en la mochila, y que incluso logró que viniera la autora: María Menéndez-Ponte, y que estuviésemos sentados en el salón de actos atentos e interesados mientras ella hablaba sobre el libro y respondía a nuestras preguntas. Era un libro que hablaba sobre un chico de nuestra edad con problemas e inquietudes de chicos y chicas de nuestra edad y que, encima, al estar escrito en primera persona, parecía que nos daba la razón, y leíamos y era como si estuviésemos manifestándonos en voz alta. Lo entendíamos todo, y queríamos ver si nos daba alguna clave del mundo vertiginoso que nosotros estábamos tratando de entender por aquel entonces. Era un libro crudo, trágico, real, que trataba temas como el suicidio o el acoso, con momentos maravillosos donde brillaban la amistad y el amor, que nos hizo interesarnos durante esos meses por la clase de literatura. ¿Por qué no todos los libros que se leen en el colegio a esa edad son así?  

Sólo hay que crearle un poco de interés a los críos. Hace poco me pasó con una alumna a la que no le gustaba nada leer, y que ya con una edad avanzada, leía en voz alta con muchas dificultades debido a su poca costumbre. Le pregunté si conocía a Anna Frank y me torció el gesto. ¿Quién? Le conté su historia, la guié por el tour virtual del escondite de la niña, y fue ella la que se interesó cuando le dije que existía un libro donde Anna contaba su propia historia. Lo leímos juntas en las horas de clase, incluso vimos una película basada en el libro. Leímos sobre la historia de una niña como ella que, a pesar del despiadado mundo en el que le había tocado vivir, seguía teniendo los mismos deseos, sueños y pensamientos de una niña como ella; e incluso en aquellos momentos oscuros, se enamoraba igual que una niña como ella. Fue algo fugaz, efímero, pero fue perfecto mientras duró. Esa niña a la que no le gusta leer, leyó un libro porque quiso leerlo. Un buen libro.

Lo que me lleva a una gran verdad: existe buena literatura juvenil. La literatura juvenil no es sinónimo de mierda, hay de todo como en todas partes. Yo he consumido literatura juvenil, buena literatura juvenil, y haberla hayla. No podemos meter a todos los libros en el mismo saco. Y, por supuesto, existe la buena literatura juvenil romántica. Es un género que he rozado menos, pero sé que hay libros para adolescentes y jóvenes que tratan historias de amor sanas y preciosas.

Llamadme puritana, mojigata, naif y todo lo que queráis, pero prefiero eso a decir que “After” es la máxima expresión del amor verdadero. Lo que leemos en cualquier época nos marca, pero esta etapa de la niñez es especial porque es en la que todo nos influye de por vida, en el que lo que leemos se convierte en parte de quiénes somos y seremos, de nuestra identidad. Por eso es tan importante, tan vital. Los niños se están moldeando, adquiriendo sus propias opiniones y pensamientos, y no podemos dejar que coincidan en tiempo y espacio con las ideas que potencian libros como “After”; las cuales, quizás por el beneficio de las editoriales y de tantos otros, bombardean a los jóvenes y no tan jóvenes día sí y día también.

Podría haberme callado, porque puede que este sea el grito de una loca y que no llegue a nada; pero también sé que, de haberlo hecho, hubiera llegado a aún menos, y que la loca puede ser una loca muy lúcida. No lo sé. Lo que sí sé, y siempre he sabido, es que los libros poseen un poder especial, y que debemos ayudar a los niños para que lo utilicen correctamente. Debemos intentar que el niño siga siendo un niño mediante los libros, y que los secretos se le vayan revelando poco a poco y con buena letra, que pase por todas las etapas y que descubra tabúes con personajes de su edad y en el momento adecuado. La literatura lleva siglos acompañando al hombre; la literatura ayuda, no destruye.

Por eso, y ahora más que nunca digo: salva a un niño, cuéntale un cuento.


La prima de Pluma Afilada

Shaila MelMed

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